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SUMARIO

REVISIONES

 

QUÉ LES PASA A LOS ADOLESCENTES

 

PABLO GARCIA TUNEZ

Psicólogo clínico. Departamento de Pediatría. Hospital U. Materno-Infantil Virgen de las Nieves. Granada.

 


Conviene, quizá, recordar algunos conceptos en torno a la adolescencia en general, antes de referirnos a los adolescentes que consultan.

La adolescencia es una etapa de la vida en la que, en términos generales, se hace el paso de la vida infantil a la vida adulta. Pero este paso no depende sólo de factores biológicos o psicológicos, sino que son también determinantes factores socioculturales. El contexto histórico, sociopolítico, económico y cultural define en gran medida el tipo de adolescencia que un chico o chica va a vivir.
           
De lo que no cabe duda es de que hay una época evidente de tránsito de la niñez a la edad adulta y que en esa época se suceden cambios muy notorios en el cuerpo, en el psiquismo y en el estatus social de cualquier individuo. Si en determinados foros se ha llegado a negar la existencia de la adolescencia como tal, ha sido, entre otras cosas, como reacción frente a una exagerada dramatización de la etapa adolescente por parte de algunos. Sin duda, el proceso evolutivo es un continuo  desde el nacimiento hasta la muerte, pero en este proceso hay momentos especialmente definidos y también especialmente críticos (1). Esto no significa que exista una forma idéntica de vivir la adolescencia para todos los adolescentes. Cada chico, cada chica, vive su propia adolescencia. No olvidemos que cada ser humano es único e irrepetible.

La adolescencia es un momento crítico, porque es una etapa en la que se establecen definitivamente algunas de las estructuras y funciones de las personas, tanto en lo biológico como en la psicológico y social. El imput hormonal tiene un especial significado tanto en lo que se refiere al crecimiento como a la maduración de las funciones sexuales y reproductivas: El cuerpo se convierte en un extraordinario foco de atención. El placer, la preocupación por la imagen, la puesta a prueba de la resistencia y  la capacidad de seducción están presentes con enorme intensidad en la vida de los adolescentes.

Al mismo tiempo, se produce un importante desarrollo de la capacidad de abstracción y por tanto del pensamiento y de la razón. Es también llamativa la evolución de las emociones, sometidas, con frecuencia,  a importantes vaivenes, no sólo por la influencia de las hormonas y del sexo, sino también por los encuentros y desencuentros psicosociales. En éste, como en tantos otros aspectos de la vida, la influencia entre psiquismo y cuerpo es intensa y recíproca.

Por otra parte, los cambios que experimenta el individuo tienen su repercusión lógica en el sistema de representación social y en las relaciones con los demás. En el adolescente se opera un cambio muy significativo en sus relaciones con las figuras parentales y también cobran una nueva y fuerte dimensión las relaciones con los iguales.

 Aberasturi y Knobel resumen de manera muy didáctica los duelos en la adolescencia (2):

  • Duelo por el cuerpo infantil
  • Duelo por la identidad infantil
  • Duelo por los padres de la infancia

El cuerpo es a lo largo de la vida, pero de modo muy especial en la adolescencia, fuente de placer, de dolor y de conflictos. Algunas de las patologías más graves de la adolescencia tienen como foco no exactamente el cuerpo como organismo, sino la representación o vivencia del mismo. El tránsito de un cuerpo supuestamente angelical, como es representado el de la infancia, a un cuerpo sexuado en el que las pulsiones se reavivan de manera violenta con el ímput  hormonal característico de la etapa, exige al adolescente un trabajo de asimilación y acomodación muy intenso en el que a veces sucumbe, en general de manera transitoria, dando origen a trastornos del estado de ánimo, expresados a través del cuerpo,  a través de pensamientos y emociones, o a través de la conducta. Conducta que, con frecuencia, tiene como mediador el cuerpo al que el adolescente somete a retos que llegan a ser peligrosos.
           
Un niño, una niña, tienen claro su estatus: son eso: Niños. Y está más o menos claro en cada sociedad cuál es el lugar que ocupan los niños, sus derechos y sus obligaciones (3). Pero en la adolescencia, lugar de tránsito, ese estatus se difumina y el adolescente no sólo está sometido a los vaivenes de su autopercepción, sino que su entorno, incluso con cariño y la mejor de las intenciones,  puede tratarlo en ocasiones como adulto, en ocasiones como niño a veces de manera arbitraria o dependiendo de cosas tan fútiles como la manera de vestir (4). Esta indefinición es fuente de malestar, de ansiedad y de desánimo especialmente para chicos o chicas más vulnerables a la percepción que los demás tienen de ellos. Porque una tarea esencial de la adolescencia es la construcción definitiva de la propia identidad y ésta se ve sometida a esos vaivenes y dudas que, en la mayoría de los casos no son sino conflictos de crecimiento que, a la postre, enriquecen la personalidad. Pero algunos chicos y chicas sufren mucho en este proceso.

           
Para el niño, aunque tenga conflictos con ellos, sus padres son un referente incuestionable. Los padres del niño aciertan siempre, son los más guapos, los más sabios y los más fuertes. A veces proyectan esta idealización en sus profesores.

Pero para el adolescente, con su exuberante y recién estrenada  capacidad dialéctica, con su exacerbada actitud crítica y su gran necesidad de autoafirmación, los padres dejan de ser ídolos de oro para convertirse un poco en ídolos de barro: Más frágiles, menos sabios y menos justos de lo que pensaba.

Necesitado como está el adolescente de sus figuras de apoyo, vive la angustia de percibir a sus principales cuidadores como personas de carne y hueso llenas de defectos. Necesitará un tiempo para reconstruir esas figuras, para enterrar a los padres de la infancia y aceptar a los padres de la madurez. Durante ese tiempo, dependiendo también de cómo vivan el proceso los padres, el adolescente puede sentirse un tanto desvalido sin la seguridad de los apoyos poderosos que representaban los padres de la infancia.

 

El adolescente que consulta

Sabemos que cada individuo es un ser único e irrepetible. Pero, cuando se lleva un tiempo escuchando las quejas, los dolores físicos o psíquicos que nos traen a la consulta, llegamos a la conclusión de que cada persona es completamente diferente a las demás, pero, al mismo tiempo, todas son muy parecidas. Cada uno es diferente, pero todos nos parecemos muchos. Es una de las paradojas que encierra la riqueza de la diversidad humana. 

Por eso, cuando un adolescente nos trae sus problemas, es imprescindible escuchar su historia, sus vivencias, pero también es imprescindible tener presentes los conflictos a los que suelen enfrentarse chicos y chicas en estas edades (5).

Cuando un adolescente nos trae desgana, angustia, molestias difusas, insomnio, miedos… Cuando los padres de un adolescente nos hablan de lo insoportable del comportamiento de su hijo… Cuando nos traen estas quejas, nos están presentando la punta del iceberg que emerge de una persona en conflicto: En conflicto consigo mismo o en conflicto con los demás. Nuestra primera mirada, por tanto es a esa persona, a esa familia, que sufre, sin comprender muy bien lo que le pasa. Es posible que, si miramos atentamente a  las personas, descubramos algún sentido de sus síntomas. De esta manera podremos ayudarles mejor, no sólo porque una mejor o más profunda comprensión de los síntomas nos marca alguna pista para el tratamiento, sino también porque podremos ayudar al chico o chica que consulta y a su familia a comprender mejor sus problemas, lo que ya en sí mismo representa un cierto alivio. Pero hay además algo que también representa un importante apoyo (es en sí un “principio activo” de la terapéutica) y es que la persona que nos consulta perciba que nos interesamos por ella y por sus problemas, que la miramos como persona que sufre y no sólo como paciente que presenta síntomas (6).

 

Cómo intervenir

En primer lugar, debemos recordar que un conflicto no es una patología y que siempre será mejor enfocar nuestra intervención hacia la potenciación de las capacidades propias de los individuos, antes que invadirlos masivamente con aportes exclusivamente externos.

El adolescente puede estar enfrascado en sus problemas de relación, de percepción de su cuerpo, de autoestima. Puede haber perdido parcialmente el control de sus impulsos. Pero, en general, el adolescente, es un ser con muchas capacidades, lleno de energía y vitalidad, capaz de ilusionarse con la vida, con el amor, con el deporte o con el conocimiento. Puede que nos llegue a la consulta dominado por sus problemas, haciendo o haciéndose daño, irritado con el mundo. Pero ese mismo adolescente puede tener una serie de capacidades y de intereses que no ponga en juego por tener excesivamente puesta su energía en el control de sus propios conflictos.

Una primera tarea será discernir entre patología y conflicto. Esto no siempre es fácil, porque entre lo normal y lo patológico no hay unos límites siempre claros. Muchas veces esos límites están condicionados por la tolerancia del propio sujeto o del ambiente en que vive. También están condicionados por la cultura a la que pertenece y también por la cultura y la filosofía a la que pertenece el profesional que los atiende.

Es importante mantener una actitud que no enfoque sólo los síntomas de la enfermedad, sino los recursos de salud de que disponen las personas que consultan. Una mirada así evitará un exceso de “patologización” de la población consultante (7). Y ayudará a que el adolescente ponga en juego habilidades y capacidades que tenía quizá aletargadas.
Descubrir, junto con el adolescente y ayudarle a revitalizar esas capacidades - Pensamientos, afectos, aptitudes…- puede ser parte fundamental de nuestra intervención. Recuperar con él, con ella,  vivencias de su propia historia que le han ayudado a construir sus partes más sanas, señalarle cómo ha sido capaz de metabolizar pequeños o grandes fracasos, enfatizar los aspectos más positivos de sus relaciones, tanto los aportes que recibe como los que él mismo proporciona, apoyarle en sus aspiraciones más realistas, señalarle o incluso inducirle un sentimiento de malestar cuando infringe daño a otros, etc. son recursos que poco a poco vamos desarrollando y ampliando en la práctica profesional y en la necesaria reflexión permanente sobre la misma.

Sabemos que disponemos de productos químicos que ayudan a controlar los impulsos, a mitigar la angustia o a modificar el estado de ánimo. Hemos avanzado mucho en el conocimiento de los neurotransmisores. Disponemos de fármacos que pueden ayudar a mejorar la conducta y el estado de ánimo.  Pues bien, un uso adecuado y prudente de estos fármacos puede colaborar, efectivamente,  a la mejoría de los trastornos.

Pero es imprescindible evitar poner toda la expectativa de mejoría en un agente químico. Es imprescindible enfatizar lo que aporta el adolescente y su familia y sus maestros y otros agentes sociales al proceso de mejoría. Y lo que aporta la propia relación con el o la terapeuta. La calidad de la relación terapéutica es sin duda el factor más importante de nuestra intervención, si no en la desaparición de los síntomas, sí, desde luego, en la puesta en marcha de recursos de salud, en la reestructuración de pensamientos y afectos… en una mejoría estable del estado psíquico. Conviene recordar que toda experiencia humana tiene un soporte o unas manifestaciones orgánicas, pero, al mismo tiempo, sin olvidar  que estamos hablando del sufrimiento que provocan los pensamientos, emociones, impulsos… Hablamos de conflictos entre las propias instancias del individuo o de éste con los demás.

Y todo esto, sin olvidar tampoco que no disponemos de un poder mágico: Ni en pócimas ni en palabras. Proporcionar a un adolescente, a un ser humano en general, una experiencia vital en la que se le tiene en cuenta, se le escucha, se le intenta comprender, se le dan pistas para comprenderse, se le ayuda a pensar y vivir los acontecimientos vitales de manera más positiva, se le acepta como es… Una experiencia así tiene muchas posibilidades de mitigar el sufrimiento y es posible que los chicos o chicas que acuden a nuestra consulta puedan mejorar su mirada sobre el mundo y sobre ellos mismos. Pero de ahí a pensar que curamos como taumaturgos a la gente va mucho trecho. La confianza en nuestras posibilidades de ayudar a la gente a mejorar es una buena posición de partida, pero el sentimiento de omnipotencia, pretendiendo manejar cuerpos y almas de los demás como si fueran marionetas, es algo muy dañino. Y especialmente puede ser dañino para el adolescente. Precisamente, uno de los problemas con que nos encontramos en la atención psicológica a los adolescentes es la contradicción que éstos viven en su relación con el terapeuta: Intuyen que nos necesitan, que podemos ayudarles, pero, al mismo tiempo, como adolescentes que son, cualquier figura de autoridad pueden percibirla como invasora de su identidad. Por eso, con adolescentes es especialmente importante mantener una actitud adulta, acogedora, firme y estable, pero alejada tanto de la prepotencia como del paternalismo.

NOTAS

(1) Aquí la expresión “crítico” no se refiere a algo peligroso, sino a una situación especialmente definida por el paso o tránsito a otra.

(2) Aberastury, A. y  Knobel, M., La Adolescencia normal. Paidós. México, 1988

(3) Sin prejuzgar ni lo justo del lugar que ocupan los niños en algunas sociedades ni el respeto que de los derechos y deberes consensuados se tenga en cada momento

(4) Es muy frecuente escuchar a unos padres en la consulta decir de su hijo o hija adolescente: “mire usted, quiere ser pequeño o mayor según le conviene”. A lo que el adolescente responde: “ellos me tratan como pequeño para unas cosas y como mayor para otras, según les parece”

(5) Es evidente que existen diferencias en la problemática que afecta a chicos y chicas en razón de su sexo o género, pero en este breve artículo, nos centramos en los factores más o menos comunes. También aquí encontramos la riqueza y la paradoja de la diversidad: Hombres y mujeres son diferentes, pero tienen mucho más en común que diferencias.

(6) Escuché a un compañero en un congreso decir que, a veces, cuando termina la consulta intenta ponerse en el lugar del paciente y así un día se sorprendió diciéndose a sí mismo: “¿Por qué este médico se interesa tanto por mi enfermedad y se interesa tan poco por mí?”

(7) Pero esto no quiere decir que no le demos importancia a lo que nos trae un adolescente o cualquier persona que consulta. Decir a alguien que viene con su sufrimiento que no le pasa nada puede, en ocasiones, ser un alivio, pero, en otras, puede ser humillante y agresivo.